El tomate (Lycopersicon esculentum Mill.) es una hortaliza perteneciente a la familia Solanaceae, ampliamente cultivada a nivel mundial tanto para consumo fresco como para uso industrial.

Es un cultivo de estación cálida, donde el manejo del clima, el agua y la nutrición resulta determinante para alcanzar altos rendimientos y buena calidad de fruta.
La temperatura es uno de los factores más críticos en el cultivo de tomate, especialmente durante la floración y cuaja.
El rango óptimo de crecimiento se sitúa entre 18 y 27 °C. Temperaturas por debajo de 10 °C afectan negativamente la floración, mientras que temperaturas excesivamente altas, combinadas con baja humedad relativa, pueden provocar aborto floral y reducir la viabilidad del polen, impactando directamente el rendimiento.
El tomate requiere alta radiación solar para expresar su potencial productivo. Se recomienda un mínimo de 6 horas diarias de luz directa para una adecuada floración.
A mayor disponibilidad de luz, la planta desarrolla una estructura más robusta, capaz de sostener mayor carga de frutos, lo que se traduce en mejores rendimientos.
Para un crecimiento óptimo, el cultivo necesita una disponibilidad constante de agua de riego, evitando tanto el déficit como el exceso hídrico.
El pH ideal del suelo se encuentra entre 6,0 y 6,5, rango que asegura la máxima disponibilidad de nutrientes esenciales.
Si bien el tomate presenta cierta tolerancia a la salinidad, niveles elevados de sales en el suelo o en el agua de riego dificultan la absorción radicular de nutrientes, afectando el desarrollo y la productividad del cultivo.
Existen dos grandes grupos según su crecimiento:
Según su forma y número de lóculos, se distinguen comúnmente:
Los criterios de calidad varían según el destino del producto:


